sábado, noviembre 01, 2003

La maldición del traje del emperador.

A principios de este año me inscribí en una lista de correos que me manda, cinco veces a la semana, un poema a mi buzón electrónico. En su mayoría han sido textos de poetas contemporáneos y de varios países (casi todos de lengua española). En un principio, me agradó esto, pues al haber siempre algo de resquemor al ver en las librerías un autor desconocido para uno, me permitía conocer partes de una obra para, en su momento, querer comprarla. Ahora pienso seriamente en darme de baja de dicha lista. De los alrededor de doscientos textos que me han mandado, sólo he guardado la décima parte (casi todos de poetas de los que, por lo menos, sabía el nombre) y me han parecido rescatables menos de una cuarta parte.

A partir de aquí me niego a volver a llamarlos poemas, porque para que un texto sea calificado como tal debe tener poesía, y eso es lo que menos tienen. Entre otras cosas, cuando no son textos vacuos, son de buenas ideas pero inacabadas; cuando no son de un lenguaje tan plano que hacen parecer a los poemas de Bukowski como gongorinos, son de juegos de palabras tan inverosímiles que hacen parecer al dadaísmo como poesía cerebral. Y no son males exclusivos de la mentada lista de correos, pues en los suplementos de los periódicos y en revistas literarias veo el mismo problema en la gran mayoría.

Creen que por redactar en verso ya hacen poesía, y esto no es cierto; creen que sintetizar es simplemente escribir un máximo de cinco líneas aunque la idea no se haya desarrollado plenamente, y esto tampoco es cierto; creen que al negarse a utilizar palabras que obligarían al lector a abrir el diccionario el mensaje es más directo, y esto no es necesariamente cierto; creen que al hablar de vicios y de nihilismo y al quejarse de la sociedad son modernos, y esto no es para nada cierto; por último, creen que por el simple hecho de escribir ya son artistas, y esto jamás será cierto.

Hago una aclaración pertinente. Esto no lo digo sintiéndome crítico de poesía, lo digo sintiéndome consumidor de poesía. Acepto que no es un pecado escribir un texto chabacano, pero sí es un gran pecado dar a leer un texto chabacano. Así como leer un excelente libro se puede comparar a una eyaculación tras un coito bien efectuado, leer un mal libro es comparable a eyacular sin haber penetrado.

Estoy consciente de que mi gusto no tiene que ser ley, y que para toda demanda hay una oferta; pero, a mi ver, el problema no es que a mí no me guste la poesía contemporánea, sino que nos están vendiendo el nuevo traje del emperador. Esto no es exclusivo de la poesía, pues en todas las artes se ha vuelto una peste, desde las cacofonías de la mal llamada música expermiental hasta la chatarra pegada al azar de la mal llamada escultura de bricolage. Sin embargo, hay que aclarar un punto: los responsables de este pseudoarte son los pseudoartistas, pero los responsables de que lo sigan haciendo somos nosotros, porque, por miedo a que nos tilden de incultos, retrógrados o meros tontos, nos negamos a reconocer que el emperador está desnudo.