jueves, septiembre 03, 2009

Hace unos veinte o treinta minutos, me sentí un poco cansado de navegar por internet, así que tomé mi guitarra y empecé a tocar algunos acordes a lo loco. Al hacer un arpegio en La menor, recordé una canción que hacía muchos años no tocaba. Después de varios errores y reinicios, pude recuperarla casi por completo -con excepción de la letra, de la que sólo me llegaban a la mente uno que otro verso y no continuos. Como la canción está en tono de Do y debe cantarse casi en un susurro, busqué la letra para regalarme con ella sin miedo de enfadar a mis vecinos. La encontré, y la canté, pero hubo algo que me llamó la atención un poco más. Al principio de los resultados, aparecía un enlace a un video de YouTube. Era una presentación de Leonard Cohen, cantando Who By Fire, pero acompañado al saxofón por Sonny Rollins. Huelga decir que no perdí tiempo y lo vi (y descargué). Como sabe todo aquel que haya usado YouTube, al lado aparecía una lista con enlaces a otros videos. Ya he visto (y descargado) tres videos de Leonard Cohen --los cuales ignoraba que existieran--, y ha sido lo mejor que he hecho en internet en varios días.

Es curioso cómo uno logra la afinidad con determinados artistas cuyas características son rotundamente ajenas a lo que podríamos llamar gusto popular (o como dijera Adorno, gusto ideologizado). Leonard Cohen difícilmente podría entrar en la radio comercial, ya que su voz, amén de estar restringida a octava y media, no tiene un timbre prístino -aun antes de que se le engrosara al grado de disminuirle el volumen. Claro, esto lo compensa gracias a los excelentes arreglos que le hacen sus camaradas, pues es bien sabido que él no es un experto en musicalización. (Hubo una vez en que sus críticos lo acusaron de no saber más que tres acordes en la guitarra, y él respondió que esto no era cierto: se sabía cinco acordes.) Pero, a fin de cuentas, el caso de Cohen es muy similar a los de Dylan y Sabina: importa menos el cómo suena la canción que lo que suena en la canción. En su mayoría, las letras de Cohen son dignas de aparecer en un libro, pero tal parece que prefiere manejar el formato impreso para su poesía formal. Poesía más formal, diría yo. He aquí tres razones de por qué no puedo dejar de oír --y cantar-- a Leonard Cohen.

LA CANCIÓN DEL EXTRAÑO

Cierto, todos los hombres que conocías eran repartidores
quienes decían haber dejado atrás las cartas
cada vez que les dabas abrigo.
Conozco a ese tipo de hombre.
Es difícil sujetar la mano de alguien
que intenta tocar el cielo sólo para rendirse.
Que intenta tocar el cielo sólo para rendirse.

Y tras recoger los comodines que él dejó tras de sí,
descubres que no te dejó mucho, ni siquiera risa.
Como cualquier repartidor, él esperaba la carta
que fuese lo bastante alta y ganadora
para no necesitar de repartir otra.
Él era sólo un José buscando un pesebre.
Él era sólo un José buscando un pesebre.

Y luego, apoyándose en el alféizar de tu ventana,
él dirá algún día que fuiste la razón de que su voluntad
se debilitara con tu amor, tu calor y tu abrigo.
Y después, sacando de su billetera
un viejo horario de trenes, dirá:
Te dije cuando llegué que era un extraño.
Te dije cuando llegué que era un extraño.

Pero ahora otro extraño parece
querer que ignores sus sueños,
como si fuesen la carga de alguien más.
Oh, has visto a ese hombre antes:
su brazo de oro despachando cartas;
pero ahora está enmohecido de los codos al dedo.
Y quiere cambiar el juego que juega por abrigo.
Sí, él quiere cambiar el juego que conoce por abrigo.

Ah, odias ver a otro hombre cansado
que deja caer su mano
como si renunciara al juego sagrado del póker.
Y mientras él convence a sus sueños de que se duerman,
te percatas de que hay una carretera
ondulándose como humo por encima de su hombro,
y de repente te sientes más vieja.

Le dices que pase y se siente,
pero algo te hace volver la vista.
La puerta está abierta, no puedes cerrar tu refugio.
Buscas el picaporte hacia el camino.
Sí abre, no tengas miedo.
Eres tú, mi amor, tú quien es la extraña.
Eres tú, mi amor, tú quien es la extraña.

Pues, he esperado, estaba seguro
que nos encontraríamos entre los trenes que esperamos.
Creo que es hora de abordar otro.
Por favor, entiende que nunca tuve un mapa secreto
para guiarme hacia el corazón de esta
o cualquier otra cuestión.
Cuando él habla así,
no sabes qué pretende.
Cuando te habla así,
no sabes qué pretende.

Veámonos mañana, si así lo quieres,
en la orilla, debajo del puente
que están construyendo en algún río interminable.
Entonces, él deja la plataforma
y va al coche dormitorio, que es cálido.
Te percatas de que sólo le hace publicidad a otro abrigo.
Y caes en cuenta de que él nunca fue un extraño.
Y dices: Está bien, el puente u otro lado después.

Y tras recoger los comodines que él dejó tras de sí,
descubres que no te dejó mucho, ni siquiera risa.
Como cualquier repartidor, él esperaba la carta
que fuese lo bastante alta y ganadora
para no necesitar de repartir otra.
Él era sólo un José buscando un pesebre.
Él era sólo un José buscando un pesebre.

Y luego, apoyándose en el alféizar de tu ventana,
él dirá algún día que fuiste la razón de que su voluntad
se debilitara con tu amor, tu calor y tu abrigo.
Y después, sacando de su billetera
un viejo horario de trenes, dirá:
Te dije cuando llegué que era un extraño.
Te dije cuando llegué que era un extraño.


UN CANTANTE DEBE MORIR

Ahora el tribunal está en silencio, pero ¿quién confesará?
¿Es cierto que nos traicionaste? La respuesta es: sí.
Entonces, léanme la lista de mis crímenes.
Yo pediré la clemencia que ustedes adoran negar.
Y todas las damas se humedecen, y el juez no tiene elección:
un cantante debe morir por la mentira en su voz.

Y les agradezco, les agradezco por cumplir con su deber,
vigilantes de la verdad, guardianes de la belleza.
Su visión es correcta, mi visión es errónea.
Lamento manchar el aire con mi canción.

Oh, la noche es densa, y mis defensas están ocultas
en las ropas de una mujer a quien me gustaría perdonar,
en los anillos de su seda, en la junta de sus muslos,
donde tengo que ir a rogar disfrazado de belleza.
Oh, buenas noches, buenas noches, mi noche tras noche,
mi noche tras noche, tras noche, tras noche, tras noche.

Estoy tan asustado, que les pongo atención.
Sus protectores con lentes oscuros me provocan eso.
Es por sus maneras de detener, sus maneras de desgraciar,
su rodilla en los cojones y su puño en la cara.
Sí, y larga vida al estado, quienquiera que lo haya hecho.
Señoría, yo no vi nada; sólo regresaba tarde a casa.


TU FAMOSO IMPERMEABLE AZUL

Son las cuatro de la mañana, finales de diciembre.
Te escribo ahora sólo para saber si estás mejor.
New York es frío, pero me gusta donde vivo.
Hay música en la calle Clinton toda la noche.

Supe que estás construyendo tu casita muy dentro del desierto,
que ahora no vives por nada, y espero que lleves algún tipo de registro.

Sí, y Jane pasó por aquí con un mechón de tu pelo.
Me dijo que tú se lo diste
esa noche en que planeaste buscar una respuesta.
¿Sí encontraste la respuesta?

Ah, la última vez que te vimos parecías mucho más viejo.
Tu famoso impermeable azul estaba rasgado del hombro.
Habías ido a la estación para ver todo tren,
y regresaste a casa sin Lili Marlene.

Y le convidaste a mi mujer un copo de tu vida.
Y cuando regresó, ya no era la esposa de nadie.

Bueno, te veo allí, con la rosa entre los dientes:
otro delgado ladrón gitano.
Bueno, veo que Jane despertó.

Te manda saludos.
Y ¿qué puedo decirte yo, mi hermano, mi asesino?
¿Qué podría decirte?
Creo que te extraño, creo que te perdono.
Me alegra que te hayas metido en mi camino.

Si alguna vez pasas por aquí, por Jane o por mí,
tu enemigo está durmiendo, y su mujer es libre.

Sí, y gracias, por el malestar que quitaste de sus ojos.
Yo pensé que siempre lo tendría, así que nunca lo intenté.

Y Jane pasó por aquí con un mechón de tu pelo.
Me dijo que tú se lo diste
esa noche en que planeaste buscar una respuesta.

--Sinceramente, L. Cohen