domingo, enero 14, 2007

¿EL NOVENO ARTE REALMENTE DEBE CONSIDERARSE COMO EL NOVENO ARTE?
Cuando era niño, aun cuando ya había disfrutado de varios ejemplos de lecturas "formales" (cuentos de Andersen, Perrault y los Grimm), lo que más me deleitaba fuera de las horas de juego era la lectura de historietas (antes de que, por nuestro agringamiento, termináramos llamándole cómic a lo que aparece en formato de revista completa y tira cómica a lo que aparece en formato de hoja suelta). He de reconocerlo, en esa época no tenía el criterio suficiente para determinar cuáles realmente tenían calidad y cuáles no. Y las que sí valían la pena --mismas que sigo releyendo a mis treinta años--, tardé muchos años en poder entenderlas. Digo, es obvio que un niño podrá reírse con los chistes más comunes de Mafalda, pero no es posible que entienda la crítica sociopolítica de esa misma historieta. Bueno, en esencia, lo mismo me sucedía con la literatura formal. Nunca un niño podrá entender cabalmente la crudeza de La sirenita de Andersen, o de mi cuento "infantil" favorito desde siempre, La bella y la bestia. Así, pues, lo reconozco abiertamente, muchas de las historietas que leí de niño eran auténtica basura. Vamos, era una época en la que en México la historieta, al igual que las caricaturas, era considerada un producto exclusivamente para niños o gente con educación mediocre. Recuérdese que en México (al igual que en otros países, que en eso somos todos iguales) siempre ha existido un esnobismo cultural. Si uno dice que ha leído La Iliada, todos le verán como una persona "culta"; si dice que prefiere leer un número cualquiera con cuatro historietas de El Spirit, le dirán que es un ignorante. No importa que la primera sea una de las obras literarias más monótonas y aburridas que he leído en mi vida, y que Will Eisner tuvo una capacidad de síntesis narrativa que bien le hubiera servido a Homero o quienesquiera que hayan escrito La Iliada. Los humanos somos tan absurdos que una vez que imponemos arbitrariamente ciertos valores a ciertas cosas, descalificamos a cualquiera que pretenda romper con esas jerarquías de valores. Y la historieta, pese a que han pasado más de 100 años desde la publicación del que han considerado el primer ejemplo (El niño amarillo) de esta forma de comunicación y ya está muy madura en cuanto a sus formas, aún es considerada como un producto cultural de segundo grado, muy por debajo de la literatura. Yo no lo considero así. Para mí, tiene el mismo valor que la literatura. Una buena historieta tiene el mismo valor artístico que una buena novela. Cierto, abunda la mala historieta, de pésima narrativa y que no parece querer salir de la temática de superhéroes; pero tampoco hay que olvidar que lo que más se produce (y consume) en literatura son los bestsellers, y que estos, para muchas personas, son sinónimo de mala calidad. Así, en la historieta abundan los bestsellers, pero también existe plenitud de obras excelentes que hacen perentorio el denominar a la historieta como el noveno arte. (No me pregunten cuál es el octavo arte, ya que parece no haber consenso al respecto. Para unos es la fotografía; para otros, la radio. Es más, siempre he considerado que esa jerarquización responde únicamente al esnobismo cultural del que hablé antes. El arte, afortunadamente, siempre será superior a quienes tratan de imponer hegemonías.) Si el lector no me cree, le invito a que nos pongamos nuestras mallas sobre los calzones para viajar al Lejano Oeste para platicar de política con una niña de seis años mientras resolvemos un asesinato viendo únicamente una fotografía.
Arkham Asylum: Un lugar cuerdo en una tierra cuerda
Como todo lector de historietas sabe, desde hace sesenta años el género más prolífero ha sido el de los superhéroes. Ha tenido grandes momentos pero, casi invariablemente, la comercialización de las grandes editoriales han hecho que este género sea bastante risible. La razón principal es que por extenderlas ad nauseam, la mayoría de las veces es imposible hacer un seguimiento real de la historia. Muchas veces incluso se pierde totalmente la personalidad del personaje, ya que al haber pasado por infinidad de escritores y dibujantes, todos le añaden o quitan características según su parecer. Un ejemplo típico es Batman, mi superhéroe favorito. (Sí, ya sé que en esencia no es un superhéroe, porque no tiene ningún superpoder, pero así está catalogado.) Ya perdí la cuenta de todas las variaciones de personalidad que le han dado, muchas de ellas completamente ajenas a la que le pensó su creador, Bob Kane. Sin embargo, desde principios de la década de 1990 ha habido un retorno al carácter oscuro del personaje. Y fue justamente en esta década cuando surgió la obra que da título a este segmento.
Arkham Asylum es una novela gráfica, es decir, una historieta de historia única y que no pertenece a una serie formal en revistas. Es una historia sobre Batman, en la que un buen día los reclusos del manicomio Arkham (muchos de ellos enemigos del hombre murciélago) deciden tomar la instalación y obligan a las autoridades a traer a Batman a cambio de liberar a los rehenes. Como es de suponer, los reclusos únicamente quieren divertirse una noche con Batman (después usaron un planteamiento similar para la serie de La caída del murciélago). Y contrario a lo que uno pudiera esperar en una historieta sobre Batman, no vemos una historia plagada de acción y hechos detectivescos, sino un argumento plagado de planteamientos sobre psicología y psiquiatría (tan convincente que mi prometida, licenciada en psicología y poco afecta a las historietas, lo halló excelente en ese terreno). En paralelo a los problemas que enfrenta Batman con los maniáticos del lugar, se nos cuenta la historia de Amadeus Arkham, el psiquiatra fundador del manicomio (he de reconocer que fue la primera vez que tuve noticia del origen del nombre del lugar, y me gusta cómo, con esa historia paralela, resuelven ciertas incógnitas del batiuniverso).
Además del argumento, esta novela gráfica cuenta con excelentes ilustraciones, todas en una técnica de tenebrismo que acentúa lo gótico de la trama, y con cierta difuminación en las líneas que recuerda un poco a ciertas obras de Goya o Lautrec. Además, el artista optó, en muchos casos, por omitir la división clásica de las viñetas, lo que le da mayor fluidez a la obra. Incluso hay momentos en que la iluminación recuerda a la técnica de cineastas como Greenaway o Kieslowski, para enfatizar ciertas escenas, especialmente en el uso de los rojos. Y si esto no le parece suficiente para querer leerlo, le dejo una cita de la obra. Cuando Batman está próximo a entrar en el manicomio, el comandante Gordon lo nota dubitativo. Al preguntarle, Batman le responde que tiene miedo. Gordon comenta que es natural que lo sienta, dado que el lugar está lleno de sus peores enemigos, a lo que Batman responde: A lo que tengo miedo es que, cuando entre, me sienta en casa. (En México se puede conseguir la versión de Editorial Vid, pero no la recomiendo mucho, ya que la traducción no siempre es correcta.)
Mafalda
Dado que es quizá la historieta más conocida del mundo hispánico, no creo poder decir algo novedoso sobre esta pequeñuela de seis años creada por el argentino Quino. Sin embargo, sé que bien vale que le conceda un par de líneas. Es cierto que no fue el primer intento de historieta sociopolítica (en EE UU estuvo Pogo, en Latinoamérica La familia Burrón), pero el alcance de Mafalda superó, y supera, a sus antecesores y sucesores. Claro, el contexto histórico ayudó muchísimo, ya que surgió en una época en que el mundo en general se convulsionaba en una crisis política global. Prácticamente cualquier persona mayor a quince años de cualquier país podía ver su vida reflejada en las vicisitudes de esta niña, su familia y su grupo de amigos. Incluso muchas de sus críticas son vigentes hoy día. ¿Quién no se ataca de la risa al leer el nombre de la mascota de la niña? Claro que sí, si yo tuviera de mascota una tortuga, también le llamaría Burocracia. Miguelito, filosofando sobre la naturaleza, descubre que un pájaro sólo necesita ser un pájaro; que un perro necesita sólo ser un perro, y que el humano para ser humano necesita ser abogado, contador, médico o albañil, y sí, ¿por qué nos tuvo que tocar el estúpido papel de ser animales superiores? O qué decir cuando Mafalda, preocupada de que la televisión pueda atrofiarle la imaginación, se imagina como una astronauta en la luna al ver un bache en una calle de Buenos Aires.
Si bien se tiende a pensar en Mafalda únicamente a partir de los diálogos, esto es un error gravísimo, porque incluso visualmente la historieta tiene mucho mérito. Cada uno de los personajes tiene una fisonomía relacionada con su personalidad, o con el mensaje que Quino quería darle en sus diálogos. Felipe, cuya timidez bien podría derivarse de su defecto dental, es el que tiene el pensamiento más mediocre, políticamente hablando, y que prefiere sobrellevar la vida a tratar de marcarle un par de tantos, es el que viste las ropas más comunes de todos (salvo cuando se disfraza del Llanero Solitario, su ídolo). Susanita, que representa a esa vecina odiosa que todos tenemos, que presume de alta moral y su afición es censurar la vida de todos los demás, es la más conservadora en sus ropas, como las celadoras de las buenas costumbres en todos los tiempos. Miguelito, que es el más filósofo, casi invariablemente aparece vestido con un overol (o sobretodo), como si quisiera enfatizar su pertenencia a la clase media baja (que sabemos es el estereotipo de clase de los intelectualoides), además de ser quien lleva más largo el cabello. Libertad es físicamente diminuta, y huelga explicar el simbolismo.
Los ejemplos sobre la calidad de Mafalda son legión, así que para evitarnos el cansarnos con una serie redundante de citas, es mejor leer cualquiera de las múltiples antologías que hay de la historieta. (Aun cuando corro el riesgo de que me digan aguafiestas, hay un mito sobre Mafalda que me gustaría echar abajo. No es cierto que Quino haya matado al personaje; nunca fue atropellada. Simplemente dejó de dibujarla, aun cuando sí existe una tira final. Pueden ir a esta dirección para ver la última tira. http://www.todohistorietas.com.ar/tiras1.htm#PRI)
Lucky Luke
Para muchos, el nombre más conocido de la historieta francesa es Astérix (aunque más de uno prefiera hablar de las tetas de Barbarella), y no niego que es quizá la obra maestra de ese escritor genio de la historieta René Goscinny, pero, en lo personal, yo prefiero a este vaquero. Será que los datos sobre la ideosincracia francesa, en particular, y europea, en general, me son menos claros que los de la ideosincracia estadounidense. (No hay que olvidar que en México la cultura extranjera que más ha permeado ha sido la gringa. Afortunadamente, un par de lecturas y un par de películas extra me han ayudado a develar ciertas sátiras francoeuropeas que antaño me eran totalmente crípticas.) Pero mi aprecio por esta historieta es tal que, como bien lo vio un ex cuñado mío, he repetido algunas de las características del personaje tanto en mi vestir como en mi actuar. Igual a como sucede con Mafalda, es difícil hablar de un ejemplar específico de Lucky Luke, ya que cada tomo tiene genialidades propias. Sería más fácil hablar de los tomos menos buenos. Sin embargo, hay un par que recuerdo con mayor aprecio que el resto. Son los titulados Las Colinas Negras y La curación de los Dalton.
Del primer título, una de las escenas más memorables es cuando los cuatro científicos que han de determinar la posible colonización de las Colinas Negras en EE UU, se ven obligados a viajar en un carro funerario a falta de otro medio de transporte. En un momento, en una viñeta se ve a un hombre que, ante la presencia del carro se descubre la cabeza en señal de respeto. En la viñeta siguiente, se le ve una cara de espanto cuando su saludo es respondido por los cuatro científicos, quienes ven con agrado cuán educada es la gente de esta tierra.
Del segundo título, hay pocas escenas que se puedan comentar tan abiertamente, ya que es una de las obras más maduras tanto de Goscinny como de Morris (el autor real del personaje). Casi todas las situaciones tienen una base psicológica (los villanos de siempre, los Dalton, son sometidos a una sesión de un "precursor" del psicoanálisis, para curarles su mentalidad delictiva), y es una de las historias en las que se representa mejor el choque entre lo culto y lo ordinario, entre Europa y EE UU (lo cual es el planteamiento central de muchas otras historias de Lucky Luke, como El pie tierno o El gran duque).
El manejo del personaje de Lucky Luke es un gran acierto. Contrario a lo acostumbrado en la historieta, la personalidad de Lucky Luke es un auténtico misterio. Sólo se conoce su carácter solitario, su prestancia para ayudar a quien o lo que le parezca meritorio, pero se desconoce del todo qué piensa, cuál es su historia, qué le motiva realmente a ser quien es. Es únicamente un hombre que vive en su tiempo y en su circunstancia. Uno de los primeros personajes serios de la historieta en ser un rompecabezas a resolver por el lector a lo largo de las lecturas.
En cuanto a las ilustraciones, siguen muy bien el estilo francés de la época, en el que los entornos físicos son bien representados pero no tan cargados de detalles como en las historietas comunes estadounidenses actuales. Los escenarios son más escenografías que vistas realistas de los paisajes; sin embargo, dan una idea muy clara de las características físicas de salones, desiertos, llanos y demás. (Lo mismo sucede en Astérix, aunque Uderzo es un poco más fino en el trazo que Morris.) Además, los personajes tienden más a las líneas curvas, que son más agradables visualmente que las rectas en los movimientos de la historieta gringa o japonesa.
Finalmente, ¿cómo no me va a gustar el surrealismo de la idea de que Lucky Luke es un pistolero más rápido que su propia sombra? (Incluso antes que Los caballeros del zodiaco se movieran a la velocidad de la luz.)
El Spirit
Cuando la historieta aún se hallaba en proceso de maduración (con El príncipe Valiente, Flash Gordon, entre otros, que proponían una narrativa y un dibujo más maduro que el habitual caricaturesco), en EE UU surgió una historieta que hacía uso de los elementos de la novela negra. Su nombre era El Spirit, y se debió a la mente genial del gran maestro Will Eisner (el premio principal a los cómics, en EE UU, por lo menos, lleva su nombre, y ganarlo equivale al Pullitzer). Esta historia partía del planteamiento de que una historia de corte policial debía ser contada en el espacio de siete páginas. Por lo mismo, tenía una acción trepidante, y si bien tenía una resolución algo rápida en los delitos y la trama, podía crear un cierto grado de suspense. (Muchas de las películas actuales de acción de Hollywood se basan en el estilo narrativo de Will Eisner.)
El personaje central es un criminólogo, el Spirit, quien tras simular su muerte para crear un ente que atemorice a los delincuentes (que le temen pero no al grado de un Batman), dedica su vida a ayudar a la policía a combatir al crimen organizado, empleando técnicas detectivescas y criminológicas. Si bien la similitud con Batman es notoria (Batman es de 1939; El Spirit de 1940), se separa de éste en que los personajes son más humanos. El Spirit es irónico, muchas veces juega con la mente de los criminales para hacerles caer en su trampa, no es un superhombre (constantemente termina próximo a desangrarse por las golpizas que le ponen los criminales), y trata de encauzar a quienes ve próximos a tomar la senda del crimen. Los delincuentes no son maniáticos, sino auténticos criminales de carrera, con los objetivos de cualquier delincuente común (la riqueza y el poder mediante el crimen); no hay maniqueísmo, pues no hay maldad pura ni bondad pura en los personajes. Simplemente los criminales son gente que ha optado por el lado oscuro de la vida, y se comportan según las reglas de su mundo. Existen grandes antagonistas (en la versión mexicana, el Octopus, Pigaelle y Pólvora), un aprendiz (en México, Ébano) e incluso una novia eterna, con el conflicto al compromiso de los personajes de Disney (me gusta más el conflicto amoroso del Hombre Araña).
En relación con el argumento, como ya dije, es una novela negra resumida en siete páginas. Hay una historieta en específico que me agradó bastante en la que el Spirit resuelve un asesinato analizando únicamente una fotografía (mientras Eisner nos cuenta una historia alterna, que al final se entrelaza con el asesinato), descubriendo que el asesino, infiltrándose en la policía, había alterado toda la escena del crimen para despistar a todos. Y hay otra en la que, contada a través de los ojos (literalmente, adelantándose a las películas y videojuegos vistos en primera persona) del personaje central, se nos cuenta una forma en que un hombre común puede convertirse en un asesino.
Respecto a la ilustración, he aquí donde está uno de los mayores pesos de esta historieta. En primer lugar, Eisner fue el creador de la falsa portadilla (que hoy es muy empleada en el manga), o sea, una primera página en la que, con una viñeta de página entera, se presentaba una ilustración con calidad de portada, pero en la que se nos decían los primeros elementos de la historia a contar. (En esta página hay tres ejemplos de estas portadillas http://www.guiadelcomic.com/autores/eisner.htm)
En segundo lugar, Eisner fue de los primeros en mezclar dibujo caricaturesco con dibujo realista. Con excepción del Spirit, los personajes tienden a las curvas, sin embargo, conservan los detalles del dibujo realista. Asimismo, en los escenarios hay una mezcla de detallismo e insinuación. Muchos elementos de la escenografía apenas están perfilados (en silueta), para realzar los motivos centrales de la ilustración, y en otros casos son minuciosos, para justificar la falta de acción en la viñeta.
Sé que existe una historieta mejor de Will Eisner (Contrato con Dios), pero que no he tenido la fortuna de leer aún, aun cuando conozco bien la trama. (Agradecería me dijeran si se puede conseguir fácilmente en México.)
Para finalizar, quiero hacer un comentario personal. Hará unos seis años, supe que en una convención de cómics estaría presente el maestro Will Eisner. Como es de suponer, asistí justamente el día en que él estaría allí, firmando autógrafos. Llevé conmigo mi #1 de la edición que la editorial La Prensa hizo de la historieta (bastante mala, pero, bueno, al menos la publicaron). Al llegar al salón donde estaba el maestro, al mismo tiempo había una firma de autógrafos de Adam West, el actor que encarnó a Batman en la irrisoria serie de la década de 1960. La fila para West era enorme, mientras que en la del maestro Eisner no había más de cinco personas. Cuando me acerqué a la fila que me interesaba, alcancé a escuchar a West haciendo unas peticiones ridículas (un coche esperándole a la salida y demás tonterías). El mismo sujeto estaba sentado a una mesa sobre una tarima con otras cuatro personas, mientras que Eisner estaba solo y sentado humildemente en una escalera. Un tipo se me acercó para decirme que la fila para los autógrafos de Adam West era la otra, y yo, en voz alta y en mi mejor inglés (para que me oyera y entendiera West), le dije que yo quería el autógrafo de un verdadero artista, y que no se hallaba en esa mesa. Creo que West no me oyó, y si lo hizo, no se dio por enterado. Así, esperé a que los tres antes que yo recibieran su autógrafo de Will Eisner. Cuando al final estuve con el maestro, me quedé mudo de la emoción. Le di mi revista para que me la firmara, y le pregunté un par de cosas que hoy ya no recuerdo. Cuando me retiraba, el maestro ¡me dio las gracias por pedirle su autógrafo! Entonces, me volví hacia él, y con todo el aprecio que se puede tener para alguien a quien se admira, señalé el título del cómic y le dije: No, gracias a usted. El maestro, que rebasaba entonces los ochenta años, cobró una sonrisa enorme, se le iluminó el rostro, y volvió a agradecerme. Quise regresarme para decirle algo más, pero pensé que mi pequeño homenaje le había sido suficiente. Y sí, lo acepto, ése ha sido uno de los mejores momentos de mi vida. Por un instante hice feliz a quien hizo tan feliz mi niñez.
Bueno, querido lector, espero que con los ejemplos que te acabo de dar, hayas visto junto conmigo que la historieta no es un producto cultural tan desechable como nos han querido hacer creer las elites culturales. Hay muchos otros casos que tal vez te puedan gustar: La serie de la muerte de Kraven en El Hombre Araña; V for Vendetta, que en historieta es infinitamente superior a la película, y que hace un buen planteamiento de cómo llegar a la anarquía tras una distopía; las diferentes series de Rumiko Takahashi (Ranma 1/2 tiene altibajos, pero es muy disfrutable; InuYasha apenas la estoy conociendo, pero me está dejando muy buen sabor de boca) y Masakazu Katsura (especialmente la primera parte de Video Girl Ai); clásicos como Little Nemo in Slumberland, Buck Rogers en el Siglo XXV, El capitán y los pilluelos y La familia Addams original; Sandman, y mucho de la historieta europea, obviamente incluidos los títulos que mencioné durante el texto principal. También date un tiempo para ver buenas animaciones, como Neon Genesis Evangelion, El extraño mundo de Jack y las caricaturas clásicas. Ya tienes el criterio adulto para ver lo artísticas que son, y, bueno, también puedes dejar salir a tu niño interno, que eso siempre será muy bueno.