martes, marzo 18, 2008

LA MUERTE DE KRAVEN, UN FINAL DIGNO PARA UNO DE LOS MEJORES VILLANOS

Bueno, ustedes saben que me gusta mucho leer historietas, un vicio de mi niñez que nunca perderé (¿quién dijo que los vicios siempre son malos?). Como ya he hablado de ellas en general en otra entrada, no los aburriré con un discurso sobre la calidad artística y demás cosas. En vez, quiero hablar de un suceso que pocas veces se ve, no sólo en las historietas sino en el arte en general: un final apropiado para la personalidad de un personaje. Pero, para no perder mi costumbre, les recetaré mi introducción acostumbrada.

En mi entrada anterior sobre las historietas hubo un título que no mencioné por razones de lógica argumental. Como en ese entonces no hice un recuento de mis historietas favoritas, no había necesidad de mencionarla. Pero lo cierto es que, después de Batman, la historieta que leí más asiduamente en mi niñez fue El Hombre Araña. Claro, era la favorita de mi hermano, y ya que mis padres tenían que comprarle rigurosamente cada nuevo número para evitarse un berrinche del tamaño del Everest, yo aprovechaba y los leía también (y los rayoneaba, algo que mi hermano no me ha perdonado). Si bien nunca pude identificarme al cien con Peter Parker, he de decir que desde el principio tuve un gran aprecio por la figura de Kraven, el cazador. Quizá se debió a que, al igual que Batman, era alguien que no contaba con superpoderes y zarandajas por el estilo: era únicamente un hombre que había superado a los demás en capacidad mediante su propio esfuerzo. Y aunque me duele un poco decirlo, supera incluso al mismo Batman, porque Kraven nunca usó algo que fuera de una tecnología superior --creo que su artefacto de tecnología más avanzada era un rifle de francotirador. Era, principalmente, un hombre que usaba su propio cuerpo para hacer las cosas, y hacerlas bien.

He de decir que no apruebo los orígenes del personaje, porque detesto a los cazadores "deportistas". Encuentro repulsivos los salones abarrotados de trofeos de caza o pesca, y de haber podido, le habría dado una patada en los cojones a Kraven (aunque no hubiera sobrevivido después de ello, jejeje). Pero a partir de que se obsesiona con "cazar" al Hombre Araña, el personaje cobró un cariz que sí me resultó atractivo. Veamos: un hombre aburrido de la vida que haya una nueva obsesión que le permite salir de su molicie; un hombre que se autosupera para poder efectuar su obsesión; un hombre que admite la derrota sólo como pretexto para buscar la victoria; un hombre que no está conforme con los avatares de la vida y, sobre todo, un hombre que antepone el honor sobre todo lo demás. ¿Hay algo que no pueda querer en mí mismo?

Así, Kraven dedicó su vida a derrotar a la única persona que lo superó, pero lo hizo solo y con sus propios medios. Cierto, me podrán decir que en la serie de Calipso se hizo ayudar de una bruja del mismo nombre, pero ¿acaso el Hombre Araña no contaba con la ayuda de sus poderes arácnidos? Además, con los tambores que tocaba la mentada Calipso, lo único que hizo Kraven fue embotarle parcialmente los poderes al Hombre Araña, por lo que la lucha era casi entre iguales. Aun así, cuando Calipso le da una ayuda extra (disparándole al Hombre Araña un dardo envenenado), Kraven no sólo la rechaza, sino que salva al Hombre Araña y después desprecia a la mujer que le rebató el honor. Esto es algo maravilloso del personaje de Kraven: la validación del escrúpulo. En marcada oposición al maquiavelismo, Kraven no necesita justificarse los fines (a fin de cuentas, éstos siempre serán justificables para el individuo) pero sí necesita justificarse los medios, porque si estos no son correctos, el resultado tampoco lo es. El oprobio no está en la meta, está en los medios.

Pero al igual que con el resto de las principales historietas estadounidenses, en la década de 1980 el Hombre Araña sufrió de una merma en su calidad, con unas tramas tan burdas y/o bobas que resultaban un insulto a la inteligencia. Tuvo que llegar la generación de Todd McFarlane para que el enfoque adulto de la historieta subterránea modificara a la corriente principal. El mismo Todd McFarlane fue guionista y dibujante del Hombre Araña por varios años, y a él le debemos una de las mejores historias (en la jerga del medio se las llama arcs) que se hayan dibujado: la muerte de Kraven. Sé que me van a acusar de aguafiestas, pero, lo siento, se aguantan, porque se las voy a contar a grandes rasgos.

Tras años y años de ser derrotado por el Hombre Araña, Kraven idea un plan que será su consagración definitiva. Con ayuda de un narcótico, deja al Hombre Araña en estado de suspensión y lo entierra. Después, lo suplanta, mostrando un salvajismo en su lucha contra el crimen que le da muy mala fama al Hombre Araña; asimismo, logra derrotar a un villano (Vermin) a quien Peter Parker sólo pudo vencer con ayuda del Capitán América, y sin usar otra cosa más que su fuerza física. Al recuperarse del estado de suspensión, el Hombre Araña sale de su tumba y va en busca de Kraven. Tras darle una golpiza como pocas se han visto, Peter Parker está dispuesto a acabar con Kraven, y éste, cuando el Hombre Araña se dispone a darle el golpe final, se limita a mirarlo con una sonrisa triunfal y decirle: Te vencí. Peter Parker baja el brazo, deja a Kraven en el piso y se marcha, aceptando su derrota.

Al final de la historia, vemos a Kraven en su hogar, vestido con una bata, una pipa en la boca y un vaso de vodka a un lado. En sus manos está una fotografía de sus padres (los Kravenoff, unos nobles rusos desposeídos tras la Revolución Rusa). Deja el retrato junto al vaso, se levanta y toma una escopeta, metiéndose el cañón a la boca. Jala el gatillo.

Al número siguiente de la edición mexicana del Hombre Araña, un tipo que escribía una columna para la revista dijo que el suicidio de Kraven había sido un acto de cobardía. Y yo me dije: ¿es posible tal falta de sensatez? Acepto que todos tenemos derecho a formular y externar una opinión, pero no apruebo un error de apreciación tan grande como el de ese columnista. Y en Estados Unidos, los grupos religiosos obligaron a la editorial Marvel a publicar una novela gráfica en la que el espíritu de Kraven le pedía al Hombre Araña que lo ayudara a remediar su falta al haber cometido el horrendo crimen de haberse suicidado. Pero empecemos con lo que dijo el columnista.

El suicidio de Kraven de ninguna forma se puede considerar una cobardía: es una puesta en práctica de su propia filosofía de vida. Tras cumplir con la última meta de su vida, ¿qué reto mayor podría tener? ¿Vencer a Supermán? Lo siento, pero él trabaja para otra compañía. Para un hombre cuya única visión de la vida es superar retos, ¿qué queda cuando se ha cumplido el reto máximo? El vacío, la molicie, la nostalgia de las glorias obtenidas. Y sí, todo esto está bien para una persona común y corriente, pero no para alguien con la personalidad de Kraven. Vivir de esa manera le hubiera resultado deshonroso, y el suicidio era la única forma de conservar su honra hasta el final. Incluso si nos queremos ver más cínicos, al tomar su propia vida, Kraven superó al hombre que había superado todos sus retos. Y no se preocupen, no les diré el argumento chabacano de que el suicidio es la cobardía que necesita más agallas, porque éstas Kraven ya había demostrado que las tenía en demasía. En este caso, reitero, el suicidio no es una cobardía: es una afirmación de las creencias personales. Pero lo acepto, estoy obligando al lector a creer que vale más la honra que la vida, y yo no puedo pedirle a alguien que acepte algo que va en contra de su instinto de supervivencia. A fin de cuentas, el suicidio es una cuestión de escrúpulos, y los escrúpulos son cosa de cada quien.

Ahora bien, respecto a los grupos religiosos, otra vez tengo que aceptar que todos tenemos derecho a creer en lo que queramos. Si creemos que la vida nos fue otorgada por obra de un dios y que por esto sólo él es capaz de acabar con ella, entonces el suicidio es un pecado gravísimo (un no matarás al cuadrado). Sin embargo, y advierto que la teología no es mi fuerte, veo un problema enorme aquí. No hay que olvidar que las religiones nacieron en parte para dictar los códigos morales de las sociedades antes de que ideáramos el estado de derecho. De esta manera, la conducta humana fue regulada mediante lo que se adujo era un "mandato divino". Con esto no quiero negar la existencia de un dios, sino aclarar que la moral religiosa parte de la suposición de que los dioses dictaron los patrones de conducta antes de que nosotros pudiéramos dictarlos según nuestro propio criterio. Pero al asumir que las reglas morales obedecían a un mandato divino, también se nos privó de algo más importante: la propiedad de nuestros cuerpos. Si nuestro comportamiento estaba regulado por un dios, por extensión nuestros cuerpos, el medio físico para efectuar nuestros actos, era propiedad de dicho dios. (Y esto no es exclusivo de las religiones, porque en algunos estados modernos también perdimos la propiedad de nosotros mismos. En la Unión Soviética, por ejemplo, si alguien intentaba suicidarse y fracasaba, o se automutilaba, era encarcelado por haber dañado la propiedad del estado, porque en dicho estado los individuos eran de su propiedad, como cualquier otro artículo.) Y esto es lo que ofendió a los grupos religiosos estadounidenses del suicidio de Kraven: que McFarlane le regresó al hombre la propiedad de su cuerpo y, por extensión, de su vida. Ojo, no hablo aquí de ese individualismo a ultranza que los neoliberales han tratado de inculcarnos para los fines del modelo económico globalizador, en el que la noción de una sociedad, y por ende también la idea de un dios regulando nuestra vida desde la cuna hasta la tumba, es una aberración; simplemente es un empoderamiento (sí, yo también odio la palabrita, pero lo cierto es que nos ahorra un par de definiciones, y a fin de cuentas, para eso sirven los neologismos) del individuo. Y créanme que entiendo cabalmente a los grupos religiosos, porque la propiedad de nuestros cuerpos nos confiere una cosa pequeñísima que le asusta a más de uno: un criterio. Suicidarse implica la negación del mandato divino, por lo que la conducta humana sólo podría ser regulada mediante los códigos humanos, y esto a su vez dificulta la relación de lo profano con lo sagrado (que, según Durkheim, es lo fundamental de la religión). Desacralizar la vida empodera al individuo. Por ello, los grupos religiosos fueron rápidos en condenar a Kraven, con una obra que no resultó muy buena en cuanto a teoría teológica se refiere. Pero, aun cuando quizá los dioses hayan castigado a Kraven post mortem, a pesar de ellos mismos existió el acto de rebeldía.

En lo personal, el final de Kraven me parece el cierre adecuado para la personalidad que él tenía, y es una lástima que fuera un hecho de ficción. Si el lector tiene una opinión distinta, hágamela saber, porque usted quizá pueda ver cosas que yo no vi.