miércoles, mayo 21, 2008

Y CONSTRUYÓ CASTILLOS EN EL AIRE...

He de decir que ésa es una de las canciones que menos me gustan de Alberto Cortez. Desde que era pequeño (cuando la oí por primera vez), sentí que la canción era demasiado cursi --en el sentido original del término--, misma sensación que me dan muchos de los productos New Age que están tan de moda. Nunca he podido identificarme con la parábola del soñador al que califican de loco por imaginar que podría volar sin un avión de por medio, aunque no sé si de tanto fingir que nado contracorriente, he terminado por volverme demasiado cínico. Digo esto porque, no sé qué tan afortunada o desgraciadamente, no me gusta que mis productos de entretenimiento carezcan de por lo menos un leve toque de realidad. Vamos, yo sé que es imposible que La sirenita suceda tal cual en la vida real, pero al menos la forma en que la desarrolló Andersen (y no me hablen de las langostas parlantes de Disney) tiene tintes de realidad. No me gustan los finales "felices", porque la felicidad no es tan gratuita como nos ha querido enseñar Joligud; un final auténticamente feliz es, por poner un ejemplo, el de Manhattan, de Woody Allen: no comete el error de satisfacer al cien por ciento los deseos del protagonista, sino que lo pone en su justo lugar pero le ofrece la oportunidad de hacerse su final feliz.

Por ésta y otras razones, y como ya he dicho en otras entradas, siempre que voy a rentar una película procuro mantenerme los más alejado posible de Joligud. Desgraciadamente, el único local de rentas cerca de mi casa limita mucho mis opciones, pues Joligud abarca nueve décimas partes de su catálogo (después de todo, es una cadena gringa). Aun así, he podido disfrutar de más de una joya cinematográfica, y la mayoría de ellas de pura chiripa. Tal es el caso de la última película que he disfrutado.

Cuando uno oye o lee el nombre de Miike Takashi, inmediatamente vienen a la mente las imágenes más sangrientas que uno pueda pensar. Pese a ser uno de los directores más prolíficos de la actualidad, con películas de prácticamente todos los géneros, se le ha encasillado en el género de horror más mórbido. Y acepto abiertamente que caí en ese error grave.

En el estante del mencionado local de películas donde se hayan las películas de Miike, junto a Audition e Ichi the Killer había una que, después de leer la sinopsis, no me atraía por el simple hecho de que no era una película de horror. Meses y meses pasaron, y aunque todas las veces veía la caja, no me nacía rentarla. Pero ayer, después de darle cuatro vueltas a los tres estantes de cine de autor y ante las miradas de recelo que me daba el personal del local, tomé la única película disponible de Miike que no había visto aún. Sin embargo, al llegar a la casa, seguí pensando que me había equivocado al rentar esa película, y preferí ver las otras dos que renté.

Hoy, después de comer, y hallándome en una de esas típicas situaciones en que el hastío mata la imaginación, decidí ver la película de Miike. Al leer de nuevo el título, The Bird People in China, sentí que el desánimo me aumentaba. Prendí el reproductor, metí el disco y me arrellané en el sofá. Tal como esperaba, tenía el ritmo lento de los orientales, con una trama que tardó y tardó y tardó en desarrollarse; no obstante, sentí que era la típica película en que aparentemente no pasa nada, pero en la que las fichas van cayendo en su lugar una a una aunque no se sepa bien a bien el porqué. Conforme transcurría, me sentí envuelto en la narrativa un tanto literaria del filme. Cuando terminó, agradecí haberla dejado para el final. Y mi idea de Miike como director cambió radicalmente.

Grosso modo, la película trata de dos japoneses, un comerciante de oficina y un gángster, que viajan a un poblado perdido en las montañas de cierta provincia china para comprobar la existencia de una gran veta de jade. Es el típico filme en que nos cuentan las peripecias de unos citadinos en un ambiente agreste y el choque cultural que sufren al llegar a un poblado menos civilizado. Bueno, típico hasta este punto, porque las relaciones entre los personajes, tanto protagonistas como secundarios, no sólo se ven afectadas por las circunstancias, sino que a su vez afectan a las circunstancias. En vez de tratar de novelizar la película, Miike la narra como si fuera un cuento, dejando que la anécdota hable por sí misma, y se permite un toque fantástico para desarrollarla, que curiosamente, más o menos como sucedió en la hermosa película occidental El jardín secreto, le da el cariz humano que la regresa a la realidad.

¿Que si es una película innovadora? En lo absoluto; a fin de cuentas, es una road movie, y hasta en la fotografía sigue los cánones del género. ¿Que si es una obra maestra? Tampoco; pero es innegable que es una gran película: uno de esos casos en que, tal vez, no quiera comprarla para atesorarla siempre, pero que la recordará con gusto en alguna charla de sobremesa, y que no necesita que pase mucho tiempo para que pueda disfrutarla a plenitud otra vez. ¿Que si tiene algo que la haga destacar? Claro que sí, y precisamente al principio de la película. Desconozco si Miike lo tomó directamente de la novela en que está basado el filme, pero abre con este parlamento en off del protagonista: He soñado 10,000 veces en mi vida, pero nunca he soñado que puedo volar. Y sobre este parlamento está construida toda la película. Mi consejo es que la vea, y luego le dé una segunda oportunidad a la canción de Alberto Cortez. Su cínico le agradecerá un sueño de cada 10,000.